Literatura y vida cotidiana

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Curso: Interculturalidad.Profesora: Gina Gogin.

MI TIERRA
La primera imagen que tengo de la tierra de mi abuela es que para llegar a su casa había que cruzar un río. Luego, en el embarcadero unos hombres de sombrero te recibían, ayudaban a mi mamá a bajar las maletas, mientras que otros a cambio de una propina nos ayudaban a llegar a la casa de la mama Julia, casi corriendo. Yo era chica y mi mamá con miedo que se perdieran sus equipajes me llevaba en vilo mientras yo observaba a esos hombres caminar casi corriendo, con los pies descalzos por el maravilloso camino selvático que nos conducía a nuestro destino final.
Este recorrido lo hice desde siempre. Desde que estaba en la barriga de mi madre y luego durante todas las vacaciones de enero, febrero y marzo, la cosa se repetía para mi enorme felicidad. Luego de llegar a la casa donde el verde se colaba por todas las ventanas y la chacra de cacao de la abuela se perdía en el infinito, ella salía a recibirnos con un pañuelo amarrado en la cabeza y me abrazaba y me cargaba por los aires mientras yo rebuscaba en el bolsillo de su falda la fruta más rica que Dios ha creado: la granadilla.
Luego corriendo como un disparo me iba hacia el hueco en la tierra donde estaban calentando las piedras para hacer la pachamanca, que era la fiesta de nuestro recibimiento. Allí estaban todos mis tíos y tías. La carne del chancho expuesta al sol sobre unas ollas, mientras el olor a chincho y otras especerías hacían de este ritual algo realmente mágico para mí. No podía entender cómo la tierra podía cocinar la carne, las papas, el choclo, las habas, el camote. Mi tía Silvia me decía que la tierra tenía vida, que si no de dónde crecía tanta planta, tanto fruto, de dónde tanto animalito salía desde adentro. “Allí hay otro mundo”, me repetía, y yo, entre feliz y asustada, le creía todito lo que me decía. Porque encima de todo, ella afirmaba rotundamente que la tierra tenía tanta vida, que como sabía que a mí me gustaba la granadilla, la hacía aparecer justo en los meses en los que yo iba a Tingo María. Y si eso era así, y siendo la granadilla el fruto de los dioses no había nada más que decir. La tierra tenía vida y por lo tanto, todo mi más profundo respeto.
Mi abuela era la feliz matrona de todo ese reino. Era chiquita pero de un carácter descomunal. Cuando tuvo 17 años se casó con un italiano llamado Reyes Piccone Zumarán que medía un metro noventa de alto y era el leguleyo más listo de toda la selva. Y para mayores detalles, así como era listo para los negocios, la habilidad se le extendía para conquistar a cuanta falda se le cruzara al frente. Cuando conoció a mi abuela ya tenía cuatro hijos en mujeres diferentes y seguro pensó que mi abuela no sería la excepción. Pero lo fue. “Cuando una mujer quiere, puede”, decía la abuela cuando todos le preguntaban cómo hizo para que el abuelo, tan mujeriego, tan pedante, tan creído, se casara con ella y sobre todo, la respetara hasta el fin de sus días. Mis tíos la fastidiaban diciéndole que le había dado “puzanga”, un brebaje para atrapar maridos. Ella sólo sonreía y jamás contó su secreto. Ambos fueron cómplices hasta siempre. El día que el abuelo iba a morir, estaba sentado frente a su chacra cuando de pronto sintió el fatal dolor en el pecho. ¡Julia!!! Gritó. Mi abuela salió rápido de la cocina y fue en su auxilio. El abuelo se estaba muriendo de un infarto cuando le dijo: “¡Yo no me muero sentado carajo! Agárrame Julia y levántame” Y así parado, sostenido por mi abuela de un lado y con su otra mano apoyado en un muro, se murió.
Dicen que las almas regresan a los siete días de haber partido al cielo para ver cómo quedamos los que aún vivimos por acá. Con esa seguridad, es que luego de la muerte del abuelo, se llevaron toda su ropa a lavar al río para dejarla limpiecita cuando él regresara y el día señalado hicieron picante de cuy y locro de papa, ambas comidas dedicadas para tiempos de fiesta. Y como el abuelo iba a regresar al día séptimo, ese era pues un día de super fiesta. Dice mi madre que mientras todas las tías y primas y la abuela lavaban en el río con suma unción, yo me la pasé cantando el hit del momento: “Qué pasará, que misterio habrá puede ser mi gran noche”…de Raphael. Y entonces toda la ceremonia de duelo se vino abajo. “Es igual a su abuelo”, sentenció la mama Julia, “esta chica es una piruja”.
La cosa es que esa noche la recuerdo como si fuera ayer. Como la mejor película de toda mi vida. Y lo mejor de todo es que yo estuve allí. Por entonces, no lograba entender cómo todos tenían la seguridad que el abuelo regresaría a vernos. Cómo estaban todos seguros que su alma se pasearía entre nosotros mientras empezaba el rezo y se quedaría hasta el final de una ceremonia, donde sobre una mesa se ponían sus ropas más queridas y velas de colores a los lados. Y fue mi tía Silvia, la mejor de mis tías en verdad, que me dio la respuesta. Me dijo: “Cuando estemos rezando el rosario, más o menos en el tercer misterio, aparecerá un bicho (ella me dijo el nombre, pero ahora no lo recuerdo), entrará por la ventana y se posará sobre sus ropas. Allí permanecerá hasta que el rezo acabe y tu abuela haga la oración final”. Con ese argumento sacado de la lámpara de Aladino, yo estaba más emocionada, más nerviosa y más feliz, que si me fueran a dar un papel en Hollywood. En ese momento, el ser testigo presencial de ese hecho era lo más importante de mi vida.
La cosa es que, aunque parezca sacado de una narración febril, la historia se cumplió al pie de la letra. Yo estaba sentada en las faldas de mi madre, muerta de pánico y emoción. Ni una sola concentración en el rezo. Mi mirada estaba puesta sobre las ventanas esperando a que entre el famoso bicho. Y éste entró. Como dijo la tía Sil, se posó sobre la ropa de la mesa y no se movió de allí hasta que la abuela Julia dijo el Amén final de la oración. Luego de eso, el bicho se alzó como un helicóptero y se fue por la misma ventana por la que entró. Mi abuelo había regresado, no había duda. Y fue entonces y sólo entonces que mi abuela, mi querida Mama Julia rompió a llorar toda su pena. Su italiano querido había regresado a despedirse de ella para siempre.
Desde entonces mi abuela tomó las riendas de la casa, de sus chacras y de sus animales con la fuerza de un toro. Caminaba como una hormiguita de acá para allá, hacía los negocios de venta de cacao con una habilidad suprema y mantenía a los peones contentos con su paga pero exprimidos de trabajo hasta la puesta del sol. La casa era inmensa. Yo siempre la había paseado como descubriendo cada una de las habitaciones. Muchas de ellas eran almacenes de frutas, de sacos de cacao, de herramientas de todos los tipos y tamaños. Recorrer la casa era una delicia que compartía con mi papá. Sobre todo cuando llegábamos al cuarto de herramientas. Mi papá decía que con lo que allí había se podría reconstruir todo el Valle. Pero siempre que llegábamos a uno de los cuartos, uno que estaba siempre cerrado y al fondo de ese laberinto de puertas, mi padre me cogía de la mano y me decía que el paseo se había acabado. Al principio yo simplemente obedecía órdenes pero cuando crecí, ese cuarto se convirtió en el misterio más importante de todas las vacaciones. Le pregunté a mi abuela, a mi madre, a papá, a mis tíos, a mi querida tía Sil, a mis otros primos, pero nada. Nadie sabía nada. Los mayores decían que había semillas nuevas para la cosecha y que si se habría la puerta les entraría aire y se malograrían. Pero eso me parecía una tontería. Muchas veces intenté abrir la puerta con mis propios medios pero me era imposible. Más de una vez me gané un cocachón de mi mamá cuando me descubría, pero nunca desistí del intento.
Una tarde, cuando ni siquiera estaba buscando entrar al cuarto, vi a mi abuela subir las escaleras y la seguí. Ella, como una hormiguita atravesó todos los laberintos de su casa y Oh maravilla llegó al cuarto del misterio. Metió la mano en el bolsillo de su falda, sacó una sarta de llaves, abrió la puerta y se metió en ella más rápido que inmediatamente. Yo me quedé boquiabierta sin saber qué hacer. Pero no tuve tiempo de pensar mucho. Escondida detrás de una pared, la vi salir apuradita como si se hubiera olvidado algo y para mi sorpresa, no cerró la puerta. Entonces, cual flecha, corrí hacia ese cuarto y entré.
Nunca en mi vida había sufrido un espanto tan grande como ese. No sé todavía como estoy escribiendo estas líneas y no me convertí en difunta a los 9 años. Allí, adentro de ese cuarto todo era oscuro, menos una parte iluminada por un foco tenue. Esa luz dejaba ver sin lugar a dudas la cabeza, el cráneo de una persona. Hasta tenía dientes. Era una calavera perfecta. Sobre ella estaba el cuadro de Jesús, la Virgen y no se cuántos otros santos más. Yo estaba a punto del desmayo cuando mi abuela entró. Sólo recuerdo que dio un suspiro: ¡Ay!, dijo y me cargó. Salió conmigo corriendo del cuarto, gritando ¡Adelinaaa!!! El nombre de mi madre. Después sólo me acuerdo que mi tía Sil y ella me habían desnudado completamente y me estaban rezando pasándome el huevo por todo el cuerpo. Luego escuché que rompieron el huevo, mi tía Sil dijo que eso estaba mal y mi mamá empezó a llorar. Mi abuela entonces, las calló de un grito y –luego me contaron- se llevó el menjunje del huevo envuelto en un pañuelo blanco y lo tiró al cerro.
No recuerdo haber estado enferma ni mucho menos. Pero me trataban como si en verdad estuviera mal. Yo me sentía perfecta y lo único que quería era saber la historia de la calavera. En mi mente hasta pensé que era la calavera de Santa Rosa o de San Martín de Porres. Que se la habían robado y era un secreto de familia. Pero fue mi abuela la que me contó la verdad. Me dijo que la calavera se llamaba Margarita y que era la cuidadora de la casa. Que a Margarita no le gustaba que la vieran así porque sabía que le daba susto a la gente y que uno se podía morir de eso. Pero que Margarita era buena. Me dijo que una vez, cuando ella y mis tíos se fueron a Huánuco y la casa se quedó sola, unos rateros habían intentado entrar a robar. Ya lo tenían todo preparado. Pero no contaban con que allí estaba Margarita. Según mi abuela, y según me lo contaron después los vecinos, Margarita armó tal fiesta en la casa que parecía que había mil personas. Dicen que se escuchaban risas, brindis y música. Dicen también que el baile duró hasta la madrugada y que los rateros nunca pudieron entrar porque las puertas no se abrieron por nada del mundo. Margarita había organizado una fiesta cerrada y se había reservado el derecho de admisión.
Yo nací en Lima, pero no me siento limeña para nada. Salvo las aventuras en Agua Dulce con mi papá, los recuerdos más felices de mi niñez, las historias más felices y mágicas de mi vida, las viví en Huánuco. Mi abuela Julia es mi ídola. Cuánto quisiera tenerla acá ahora para que me siga divirtiendo con sus ocurrencias y sus historias. Ella me enseñó a contar en quechua del uno al diez y a ambas nos faltó tiempo para continuar con más enseñanzas. Por el lado de mi padre que también es huanuqueño, no tuve la dicha de disfrutar de mi abuelo, don Teobaldo Urzúa, porque murió cuando yo era muy pequeña. No me apellido como él porque, supongo yo, el registrador que inscribió a mi padre le pareció más fácil Ursula y así perdí mi verdadero apellido. A mi abuela materna sí la conocí. Era portuguesa y hablaba portugués mezclado con español. De ella me acuerdo que tenía el cabello negro azabache aún con ochenta años encima. Gracias a ella aprendí a hacer trenzas y enroscarlas en la cabeza. Un peinado genial. Cuando iba a Huánuco a verla me llevaba al puente Calicanto y me contaba todas las aventuras de mi padre. Que se escapaba del colegio para tirarse desde el puente al río, que los fines de semana cazaba culebrillas para quitarles la piel y venderlas en el mercado y con el dinero alquilaba bicicletas para irse a pasear con su hermano. Con ellas el puente Calicanto adquiría otra dimensión. Era el puente de los cuentos y las grandes historias.
Como se dice en los juzgados cuando se va a dar una sentencia, por todo lo expuesto, queda más claro que el agua, que por mis venas no sólo corre sangre huanuqueña, sino que mi corazón también le pertenece a ese terruño tan mío. Que no sólo tengo el tamaño inmenso de mi abuelo, sino la raza de mi abuela Julia. Julia la magnífica. Julia la que me dio para siempre el amor inmenso a la tierra que me vio crecer.

Elsa Ursula Picón.
Curso: Interculturalidad
Profesora: Gina Gogin.

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